En Santa Elena, la gastronomía ancestral antioqueña cobra vida cada madrugada a través del incansable trabajo de doña Marta Grajales. Desde antes de que salga el sol, esta cocinera enciende los fogones de un oficio que ha cultivado durante cuatro décadas continuas. Lo que comenzó como un humilde puesto protegido apenas por un plástico se ha transformado, en el pilar fundamental del sustento de su familia.
En buena parte de los Andes suramericanos se utiliza la palabra choclo, mientras que en el habla tradicional de Antioquia se le llama chócolo.
El sabor de las arepas de chócolo de doña Marta reside en un proceso 100% artesanal que rechaza el uso de harinas o masas prefabricadas. La jornada laboral inicia a las 3:00 a. m., momento en el que prende el fuego para procesar directamente la mazorca fresca. Doña Marta pela, desgrana y muele el maíz tierno a mano, aplicando técnicas transmitidas por generaciones. Cuando la dureza del grano lo requiere, ajusta la consistencia de la masa agregando toques precisos de leche y panela, logrando así la textura perfecta.
Sabores de Antioquia
Una vez obtenida la mezcla ideal, la preparación pasa a la plancha caliente, donde se cocina a fuego lento hasta alcanzar su punto de dorado. El toque final de la casa consiste en untar abundante mantequilla sobre la superficie caliente y coronar la preparación con una tajada de quesito. Este proceso metódico preserva intactos los aromas y matices propios de la cocina de antaño, convirtiendo cada bocado en una experiencia gastronómica inolvidable.
Además de mantener viva la sazón antioqueña, doña Marta ha priorizado la transmisión de este valioso saber ancestral a sus hijas, asegurando su legado. Asimismo, la técnica de elaboración que doña Marta comparte con su familia mantiene una conexión con las raíces campesinas y el trabajo de la tierra.
Tradición que perdura
A lo largo de 40 años, el puesto de doña Marta se ha posicionado como un punto de encuentro para los habitantes de Santa Elena. Además de un lugar imperdible para que los turistas exploren el corregimiento en busca de sabores auténticos. Su trayectoria evidencia cómo una receta tradicional puede transformarse en un oficio que sostiene a un hogar y, al mismo tiempo, resguarda el patrimonio. La permanencia de esta oferta gastronómica fortalece la identidad del territorio y dinamiza el turismo local a través del rescate de la cocina típica colombiana.
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En definitiva, la vigencia de una de las recetas más representativas de Antioquia depende de la constancia que implica repetir diariamente esta labor artesanal. Madrugar, desgranar la mazorca, moler a mano y atender la plancha son acciones diarias que defienden la memoria culinaria de la región. Gracias al esfuerzo ininterrumpido de doña Marta Grajales, la tradición de la arepa de chócolo recién hecha continúa siendo un símbolo de orgullo campesino, trabajo honesto y riqueza cultural en el departamento de Antioquia.



