El sol apenas asoma sobre la avenida La Playa cuando don Heriberto Piedrahíta despliega su tesoro sobre la acera. Con manos curtidas por el campo y la ciudad, acomoda cada volumen como quien arma un rompecabezas invisible. Lo extraordinario: este hombre de 62 años que memoriza 300 títulos por sus portadas, no puede leer una sola palabra. «Los libros me eligieron a mí», confiesa mientras acaricia el lomo de una antología de García Márquez. Su historia es un testimonio de resistencia, donde cada ejemplar vendido es un triunfo contra el olvido.

Desde las 6:00 am, cuando llega desde Bello tras una hora en bus, hasta el ocaso, Heriberto teje conexiones improbables. Un estudiante busca a Nietzsche, una abuela pregunta por recetas tradicionales, un turista colecciona ediciones antiguas. Ninguno sospecha que quien les recomienda con precisión nunca ha descifrado un párrafo.
La sabiduría que no viene de las páginas
La Bastilla, ese laberinto de libros usados en el centro de Medellín, fue su escuela improbable. Allí descubrió que podía reconocer obras como otros distinguen rostros. «Me aprendí las carátulas como los campesinos memorizan los caminos», dice este hombre que dejó Titiribí hace tres décadas. Su memoria visual compensa lo que la educación formal le negó: de niño, una maestra impaciente lo alejó del aula; de adulto, la enfermedad de su esposa interrumpió sus intentos por alfabetizarse.
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Hoy, su puesto frente al edificio Gualanday es un punto de encuentro. Vecinos le traen café, clientes habituales le regalan libros, y el vendedor de bolsillos contiguo custodia su mercancía cuando va a buscar algún título especial. «Aquí todos cuidamos a don Héri», comenta una profesora universitaria mientras hojea un ejemplar de Cien años de soledad. La solidaridad es el diccionario que ha traducido su vida en la ciudad.
De domador de caballos a cuidador de historias
Antes de los libros, hubo caballos. Heriberto recuerda sus años como chalán en el Suroeste antioqueño, donde amansaba bestias bravas. «Los animales enseñan más que algunos profesores», bromea. Esa misma paciencia aplica ahora al seleccionar libros para cada cliente. En su agenda – donde otros anotan pedidos – los nombres son dibujos: una espiga junto a «La vorágine», un reloj sobre «El tiempo entre costuras».
Su pequeña parcela en Bello sigue siendo su conexión con la tierra. Allí cultiva mangos y yuca, como un ritual que equilibra el asfalto con la memoria campesina. «Los libros son como semillas», reflexiona. «Algunos dan frutos rápido, otros necesitan tiempo». Esta filosofía improvisada guía su comercio: nunca rechaza un trueque, aunque sea por plátanos maduros.
El duelo que se convirtió en legado
La pérdida de su esposa Amparo en diciembre pasado dejó un vacío que los libros ayudan a llenar. Ella era sus ojos lectores, su compañera en el puesto, la garduña de su huerta. «Ahora hablo con los clientes como antes hablaba con ella», confiesa mientras envuelve cuidadosamente un libro mojado por la última lluvia. Las marcas de agua en las páginas le recuerdan que la vida, como las historias, se abre camino pese a los obstáculos.

Por las tardes, cuando empaca su mercancía, siempre reserva algunos ejemplares para donar. «Hay saberes que no pueden venderse», dice. Este gesto, junto con su tenacidad, ha inspirado a jóvenes del barrio a valorar la lectura. «Don Héri me regaló mi primer libro», cuenta un adolescente que ahora estudia literatura.
La letra pendiente que no apaga la luz
Aunque sigue soñando con descifrar el misterio de las palabras, Heriberto ha convertido su limitación en un lenguaje único. Cuando un cliente lee en voz alta un fragmento, él completa la historia con anécdotas de su vida. «Mis libros tienen dueño antes de venderse: son de todos los que los necesitan», manifiesta Heriberto. Así ha creado su propia biblioteca oral, donde conviven Gabriel García Márquez con las leyendas de Titiribí.
Mientras el sol cae sobre La Playa, guarda los últimos ejemplares. Entre ellos va un Borges que mañana recomendará como «el libro del laberinto y los espejos». No necesita haberlo leído para saber que contiene magia. Como él mismo dice: «Las mejores historias no están escritas, se viven». Y nadie como este librero analfabeto para demostrarlo.

