Medellín, con su relieve montañoso y barrios en constante expansión sobre las laderas, es también territorio compartido con la fauna silvestre. No es raro que entre jardines, andenes y tejados aparezcan animales que buscan alimento o refugio. Así ocurrió en Robledo, donde una zarigüeya empezó a visitar con frecuencia la casa de doña Marina, quien sin proponérselo se convirtió en su cuidadora, principal aliada y gran amiga.
Doña Marina, habitante del barrio Bosques de San Pablo, ha sido testigo y protagonista de uno de esos relatos cotidianos. En su jardín, donde coloca frutas a diario para aves, colibríes y abejas, comenzó a llegar una visitante inesperada. “Primero venía escondidita, luego ya salía más tranquila. Las uvas le encantaban”, dice doña Marina mientras acaricia un viejo plato con cáscaras de papaya. Así fue como la zarigüeya se convirtió en parte de la rutina.
Cuando lo salvaje pide ayuda
Aunque los encuentros comenzaron de forma tranquila, algo cambió con el paso de los días. La zarigüeya, que antes se mostraba ágil y enérgica, comenzó a llegar con señales de malestar. Sus movimientos eran más lentos, su cuerpo mostraba signos de dolor, y su comportamiento dejó ver que necesitaba algo más que alimento. Fue entonces cuando los vecinos, preocupados por su estado, decidieron llamar al Área Metropolitana para pedir ayuda especializada.

La respuesta fue rápida. El equipo veterinario confirmó lo que nadie había imaginado: el animal estaba esperando crías. “Me dio una mezcla de susto y alegría”, recuerda doña Marina. “Uno quiere ayudarlas, pero también sabe que necesitan su espacio y cuidados adecuados”. Desde ese momento, el cuidado de la zarigüeya pasó a manos expertas, pero su historia se quedó sembrada entre los habitantes del sector.
Un corredor verde lleno de vida
Robledo, como muchas otras zonas de la ciudad, está rodeado de parques, quebradas y franjas verdes que permiten el paso y la estadía de especies silvestres. No es raro ver zarigüeyas, ardillas, iguanas o incluso reptiles cruzando entre jardines y zonas comunes. En la urbanización Nebraska, por ejemplo, vive una familia de monos tití que ha generado asombro y ternura entre los residentes.

En todo el Valle de Aburrá, esta realidad es compartida. En Sabaneta, en el Alto de la Romera, se han reportado avistamientos de pumas. La interacción entre humanos y fauna es, por tanto, una consecuencia natural de vivir en una región con ecosistemas ricos y activos. No obstante, esto exige también una mayor conciencia sobre cómo relacionarse con ellos sin alterar sus comportamientos ni sus hábitats.
La naturaleza no es mascota
El mensaje es claro: la fauna silvestre no debe ser domesticada ni tratada como animales de compañía. Si bien su presencia genera fascinación, es fundamental permitirles vivir en libertad. Las zarigüeyas, por ejemplo, cumplen funciones vitales en el ecosistema como el control de insectos y la dispersión de semillas. Retenerlas en cautiverio altera el equilibrio y pone en riesgo su supervivencia.
Esta noticia te puede interesar: El primer museo de flores en Colombia
Afortunadamente, como doña Marina, hay muchas personas que entienden este equilibrio y el valor de cuidar desde el respeto. “No se trata de tenerlos, se trata de protegerlos”, afirma ella con convicción. Historias como esta demuestran que Medellín no ha olvidado sus raíces naturales y que aún hay quienes escuchan cuando la montaña habla.
Una ciudad que también respira verde
A medida que crecen los barrios y se expanden los proyectos urbanísticos, también crece la responsabilidad de conservar y convivir con la vida silvestre, en especial, con nuestra amiga la zarigüeya. Medellín, ciudad innovadora por definición, también puede liderar en protección de biodiversidad. Pequeños gestos cotidianos, como los de doña Marina, sostienen esa esperanza.

Una Medellín que no solo levanta edificios, sino también esperanza, respeto y armonía con la naturaleza. Esa es otra forma de progreso, una que no se mide solo en metros cuadrados construidos, sino en el valor de lo que se conserva. En cada rincón donde florece la vida silvestre, hay una oportunidad para crecer como sociedad. Allí, donde la ciudad respeta sus raíces verdes, también florece el futuro.

