Este es un país de contrastes, de matices separados donde atrevidamente digo que surgen paradigmas profundamente filosóficos sobre la vida y la muerte. Podría ahondar en los canales de la historia para plantear una perspectiva de conflictos sociales y económicos acerca de ser líder en Colombia.
Teorías sobre la globalización y la geopolítica que (creería yo), justificaría por qué pienso en Colombia casi como un universo aparte del mundo.
La curiosa metafísica colombiana la llamaría yo. Pero de todas estas ideas no resultaría nada más que escenarios espantosos y desesperanzadores del futuro de nuestros territorios. Además, pienso yo, solo me resultan interesantes a mí.
La férrea idea de cambiar para bien el territorio
Sin embargo, y dejando a un lado la pretensión de sonar como un intelectual. También encuentro un panorama especialmente romántico, un panorama inherente a la humanidad; a la búsqueda de la dignidad.

Hace poco me preguntaba: “¿por qué insistir en una idea de transformación social en aras de lo comunitario?”. Es en mi experiencia un viaje de desilusiones, de represalias físicas y emocionales y de cansancios interminables.
El altruismo me parece banal para todo lo que siento que he entregado. ¿Por qué insistir en apuestas tal vez perdidas? Creo que Walt Whitman dio la respuesta hace rato: “que prosigue el poderoso drama y que tú puedes contribuir con un verso”.
Por la dignidad
Es evidente, al menos enmarcándonos en las periferias de Medellín, que la dignidad es algo careciente. Algo donde el concepto de vida digna no está relacionado en la práctica cotidiana. Y más aterrador aún, a veces ni siquiera la vida vale nada.
Es uno de esos paradigmas curiosos que yo llamo la instrumentalización de la muerte. En algún punto de esta tenebrosa historia, la muerte de las personas se ha vuelto una herramienta de control o de trabajo.
Pues es común que en cada ejercicio de memoria recordemos las calles funcionando como lechos de muerte. Es en este punto donde la búsqueda de la dignidad se me hace consecuente a una realidad excesivamente marcada por la violencia.
El apellido del líder social
Llevo poco tiempo desde que me enteré de que soy líder social, o que tal vez no, es un término que aún me resulta ajeno pero curioso. Es un apellido que en este país resulta ambivalente, puede ser una sentencia de muerte como puede ser la inspiración de algunos o muchos.
Según el Instituto de Estudios para el desarrollo y la Paz, Indepaz, asegura que: “un líder o lideresa social es aquella persona que defiende los derechos de la colectividad y desarrolla una acción por el bien común”.

Uno de los mayores retos en mi vida ha sido mi papá. Quien legitima el actuar paramilitar en el barrio. Es una persona que amo mucho, pero con la que también difiero mucho. De hecho, cuando en las noticias sale el asesinato de algún líder social, yo le digo: “mira mataron a alguien que era como yo, ¿no te da miedo que me hagan lo mismo?”, compañera anónima, lideresa barrial.
La vida es corta, hay que luchar por ella
Yo al menos empecé queriendo ser actor para mis cortometrajes, después me encarreté leyendo y montando obras de teatro queriendo el estrellato. Más tarde quise regalar sonrisas y compartir lo que sentía tras una nariz roja. Terminé por convencerme que, durante lo corta que me resulta la vida, cualquier persona que exista debe conocer y sentir la dignidad.
El porqué tal vez no lo tengo, me resulta casi axiomático y creo que ese convencimiento viene acompañado de un inseparable romance. Un romance por la vida, por la amistad, por la memoria, por hallarse en los lugares y en las personas. Resulta una idea poética casi inefable, pero con un poderoso empuje en el quehacer.
Creo que es el desemboque del camino del arte. El arte comprendido en todas sus expresiones, no solo musicales, plásticas y escenográficas. Sino también las deportivas, culinarias y muchas más. Hasta expresiones políticas que no son más que el arte de la convivencia.
La palabra de lo comunitario
Es aquí entonces, donde halló la compañía, al conjunto de soñadores y constructores, a la pluralidad de búsquedas de lo careciente pero necesario. A quienes materializan aquello que vengo llamando consecuente a esta realidad, y algo que me resulta gratificante. También son quienes ponen la palabra de lo comunitario.
Pienso que todas estas voces comunitarias son el contraste paralelo de un capítulo negro acá reciente en la historia. Una consecuencia del ejercicio del poder sobre el pensamiento y los cuerpos. Una vertiente natural del curso de los espíritus que buscan calma y bienestar y para infortunio de algunos gobernantes, creo que el trabajo, las acciones, los pensamientos y las ideas comunitarias son inevitables.
“Don Gustavo, lo que yo no entiendo es: ¿Todo esto para qué? ¿Para qué? ¿Cómo qué para qué? Pues para… ¿Para qué le sirve a usted la dignidad, ¡ah!?
¿Es qué esa palabra no existe o qué? ¿O no la enseñan en televisión? ¿Cómo qué para qué?
Para la dignidad del hombre, para la dignidad nuestra”, fragmento de la película La Estrategia del Caracol.


