Un dibujo en Robledo que honra al cura negro

Un dibujo en Robledo que honra al cura negro

Un dibujo en Robledo que honra al cura negro

José Manuel Torres Henríquez aterrizó en Medellín con una misión clara: homenajear con arte a un personaje olvidado por su ciudad natal. En la plazoleta de la Iglesia del barrio Robledo, trazó con pasteles secos la figura de Juan de Dios Sierra y Velázquez, el Crisógono que dejó huella en el norte de Chile. El gesto, cargado de historia y color, revive la memoria de un hombre que cruzó el océano para convertirse en leyenda popular.

Este 2025 se cumplen 80 años de su muerte.

Desde Caldera, en la región de Atacama, José Manuel viaja para devolverle a Medellín un capítulo silenciado. Su obra será efímera, pero la imagen apuntará al cielo como una señal. “El arte puede rescatar la historia cuando el olvido se impone”, dice el artista con convicción. La iniciativa forma parte de su proyecto “Pintura al cielo”, con el que recorre Latinoamérica retratando símbolos de la cultura popular en gran formato.

De Robledo a Caldera, ida y vuelta

El sacerdote nació en Medellín, pero encontró su destino en Chile, donde adoptó el nombre religioso de Crisógono. En Caldera lo recuerdan como el cura negro, por su piel morena y su andar en un caballo blanco. “La gente aún le prende velas y le pide favores”, asegura el artista. La devoción se mantiene viva en las calles, en la gruta de la Virgen de Lourdes que él mismo construyó y donde también reposa su estatua a tamaño real.

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Pero más allá del fervor, fue su acción lo que marcó a los habitantes de Caldera. Durante décadas ayudó a levantar comunidades desde la fe y la acción. Su acto más recordado ocurrió en 1922, cuando predijo un terremoto. Aunque la fecha no fue exacta, la advertencia permitió salvar vidas. Luego del sismo, él mismo improvisó andamios y enderezó la cruz de la iglesia dañada. Ese fue el momento que plasmó José Manuel en su intervención artística.

Un personaje que trasciende la fe

La historia de Crisógono no es solo espiritual, sino también social. Aportó al desarrollo de varias localidades, promovió la dignidad en comunidades empobrecidas y alentó el trabajo colectivo. “Fue un símbolo de esperanza en tiempos duros”, relata Torres, quien recogió testimonios de pobladores antes de diseñar su obra. La gente contaba cómo lo veían en ciudades distintas en el mismo día, un fenómeno que alimentó su mito de santidad.

Asimismo, fundó rutas de peregrinación marcadas con cruces en los cerros, que hoy siguen siendo recorridas por creyentes y curiosos. Lo llamaban milagroso, pero también pragmático. Fue guía espiritual y arquitecto de caminos, inspirador y figura comunitaria. Por eso, en Caldera, su nombre está en colegios, en placas, en calles. “Y aún así, Medellín casi no lo recuerda”, lamenta el artista mientras organiza sus pasteles para la jornada.

Pasteles que narran y trascienden

Torres aprendió la técnica en Bolivia, de forma autodidacta, cuando colaboró con artistas callejeros fuera de una iglesia en La Paz. Años después, en 2022, activó su proyecto “Pintura al cielo”. Desde entonces ha viajado por Brasil, República Dominicana, Chile y ahora Colombia. El de Medellín será su dibujo número 40. “Cada obra es un altar temporal”, explica. Su propósito no es solo artístico, también es documental, simbólico y cultural.

Para José Manuel, el acto de pintar sobre el suelo es también un gesto de humildad y memoria. “Es una forma de que la historia vuelva al presente, aunque sea por unas horas”, reflexiona. Esta intervención será parte de una ruta que seguirá cruzando fronteras y cargando historias invisibles hacia el cielo. En palabras del propio artista: “El arte no es eterno, pero sí puede dejar huellas que el tiempo no borra”.

Un legado que regresa a casa

El homenaje a Juan de Dios Sierra y Velázquez es más que un retrato. Es un puente entre Medellín y Caldera, entre el olvido y la memoria. José Manuel lo dibujará enderezando la cruz, como lo hizo hace un siglo. Y así, con colores que se deshacen con el agua, el recuerdo del Crisógono volverá a su tierra de origen. Tal vez, ahora sí, para quedarse. La imagen se irá borrando con la lluvia, pero lo esencial permanecerá: un acto simbólico que honra el impacto de un hombre humilde que salvó vidas y sembró fe.

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