Luis Andrés Acevedo Correa camina despacio y meditabundo por las veredas de San Cristóbal con un cuaderno de hojas de blog debajo del brazo y una historia siempre fija en la mirada. En sus manos, el grafito se transforma en memoria, y la memoria en arte que, a su manera, se inmortaliza. No lo mueve la fama ni el dinero, sino una necesidad profunda de calmar el espíritu a través del dibujo. “Yo hago esto por hobby, para relajarme, para distraer la mente”, confiesa.

Después de vivir en Brasil y conocer a Thiago Silva, artista que le enseñó aquellas técnicas únicas para retratar rostros, volvió a Medellín con nuevas herramientas y una convicción más fuerte: “Allá aprendí a hacer caras muy fáciles, con lápiz, con más técnica. Fue un impulso grande”.
Del Llano al mundo con un lápiz
Desde su infancia en el colegio Presbítero Alberto Calderón, Luis Andrés mostró afinidad por retratar animales, caricaturas y escenas del campo. Más tarde, perfeccionó el sombreado y volumen con un maestro del colegio y luego se formó, en diferentes escenarios, con artistas autodidactas. Aunque trabajó como vigilante, cocinero y hasta muralista, nunca abandonó el dibujo. Con lápiz o lapicero, retrata rostros, construye maquetas escolares y hasta pinta murales con vinilo.
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Sin embargo, fue en Brasil donde su visión artística se expandió. “Aprendí a hacer los ojos, la nariz, la boca, con un esquema sencillo que me enseñaron allá”, recuerda con gratitud. Aunque nunca vivió del arte, sus obras hoy están por todas partes: en las casas de vecinos, en las paredes de fundaciones y en su perfil de Facebook, donde tiene más de 120 retratos compartidos.
Dibujar como quien siembra
En su taller improvisado, entre veredas sin transporte frecuente y montañas que le prestan inspiración, dibuja rostros a partir de fotografías. Algunas obras le toman ocho horas; otras, varios días. Cada sombra es pensada. Cada línea, trabajada. Por eso, cuando entrega un retrato, lo plastifica. “Es mejor entregarlo plastificado porque así no se arruga”, explica con lógica campesina.






Pero además de retratos, hace caricaturas veloces, dibujos animados, maquetas y hasta murales de cerditos para jardines infantiles. Aunque sueña con abrir un local donde pueda vender sus obras con marcos y vidrio, por ahora se contenta con seguir creando desde casa. “Mi hermana me dijo que es mejor vender los cuadros con marco. Ya vamos viendo cómo”, comenta con esperanza.

De caricaturas a sueños en tinta
El dibujo también se ha convertido en puente para nuevas pasiones. Actualmente, Luis Andrés está aprendiendo a tatuar. Aunque aún no domina la técnica del aerosol para murales urbanos, sabe que el camino apenas comienza. «Hay tantas cosas que uno puede hacer a partir del retrato», dice, mirando una hoja en blanco.
Mientras tanto, continúa dibujando con esmero. A veces entrega encargos por encargo; otras, solo por placer. Lo hace por las historias que recoge, por los rostros que inmortaliza y por esa paz silenciosa que encuentra al observar cómo emerge una cara del papel. Aunque no estudió arquitectura, sus maquetas escolares han ayudado a decenas de estudiantes. Aunque no ha expuesto en museos, su obra vive en las casas de quienes lo conocen.
Arte desde lo profundo
En cada trazo se cuela la humildad de su historia y la grandeza de su talento. Su vida es prueba de que no todo arte necesita galería. Que una vereda también puede ser cuna de creación. Que los lápices, como las semillas, germinan en cualquier tierra fértil.
Hoy, desde La Aurora, sigue creando. No busca aplausos. Busca conexión. Porque el arte, al final, no siempre se vende. A veces se regala. Como un nombre, como un rostro, como un instante que queda para siempre dibujado.

