En el corazón de Robledo se encuentra un barrio que lleva consigo la historia de generaciones. Lo que hoy es Villa Claret, fue en su origen una finca de ganado y cultivos de maíz y frijoles, propiedad de Francisco Eladio Bolívar Penagos. Esta es la transformación de un terreno heredado en Brisas de Robledo.
«Este lugar perteneció a mi abuelo», cuenta Irene Bolívar, nieta de Francisco, quien, junto a sus hijos, heredó este terreno con la visión de mantener a su familia unida y lejos de la calle. «Nosotros estudiamos en la escuela de Picacho, correteábamos y recogíamos leña porque todo se cocinaba con leña», agregó Irene recordando su niñez en la finca.
La división del terreno para el inicio de un barrio
Con el tiempo, Francisco Bolívar dejó su finca a sus dos hijos: Simón y el padre de Irene, quienes recibieron cada uno una parte del terreno. «El terreno se dividió en mitades para ambos«, detalló Irene, explicando que la idea era asegurar que los nietos de Francisco tuvieran un lugar donde vivir. Sin embargo, la situación económica obligó a su padre a vender una parte del terreno.



«Papá no podía seguir trabajando como albañil y estaba enfermo, entonces decidió vender una cuadra del terreno«, añadió Irene. Fue entonces cuando, con la ayuda de un ingeniero, se trazaron los lotes de 10×40 metros que darían forma a lo que hoy es Villa Claret. «El ingeniero ofreció varas para separar las viviendas y así fue como comenzó la construcción del barrio», comentó.
Los primeros habitantes con un sentido de comunidad
Los primeros pobladores de Villa Claret enfrentaron desafíos logísticos. «Nos tocaba trasladarnos desde Monteloro y traer los mercados de allá«, dijo Gustavo Restrepo, uno de los primeros habitantes del barrio. «A veces pasábamos por el seminario de los Claretianos para que nos prestaran la clave de acceso», recordó entre risas. A pesar de las dificultades, el sentido de comunidad era fuerte.
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«Vivíamos como una familia, todos sabían dónde estábamos, aunque al otro día nos pegaran una pela por no llegar a casa», agregó Restrepo. Para muchos, el barrio se convirtió en un paraíso. «Un barrio como este no se vuelve a ver en Medellín», sentenció Restrepo, con una mezcla de nostalgia y orgullo.
Desarrollo y progreso con la llegada de los servicios básicos
A lo largo de las décadas, Villa Claret experimentó un proceso de urbanización. Consuelo Parra, residente desde hace más de 20 años, recuerda cómo eran los comienzos. «Al principio solo había piedras, maleza y casas pequeñas«, relató. La comunidad, con la ayuda de la Junta de Acción Comunal (JAC), que se fundó en los años 70, trabajó arduamente para mejorar la infraestructura. «Los domingos nos reuníamos para hacer escaleras y mejorar el barrio», explicó Parra.

El acceso al transporte público era limitado y el punto más cercano estaba en Kennedy, lo que representaba un desafío diario para los residentes. A pesar de las dificultades, la perseverancia de los vecinos dio frutos. Hoy en día, Villa Claret cuenta con servicios básicos como agua potable, luz y telefonía, lo que ha transformado la calidad de vida de sus habitantes. «Tener estos servicios nos ha traído una alegría inmensa», concluyó Parra con una sonrisa.

